El cuerpo que piensa
Una conversación sobre los pies
El otro día se me ocurrió ir a un taller de filosofía que había en un pueblo vecino. Me pareció una idea interesante y estimulante, así que me animé. El título es “El cuerpo que piensa” y cada mes se reflexionará sobre una parte del cuerpo; en esta ocasión eran los pies.
En algún momento la conversación se derivó sobre la coherencia y cómo varias personas decían que la coherencia y ser coherente con uno mismo era un acto de libertad e integridad. Esta reflexión me parecía interesante, pero me generó un poco de intranquilidad, ya que parecía una postura bastante inmovilista, ya que ser coherente parecía algo que habría que mantener como un principio universal.
Coherencia vs. Consecuencia
Una de las participantes marcó una diferencia que me pareció bastante esclarecedora: una cosa era ser coherente y otra consecuente.
Coherencia: relación lógica entre lo que pensamos, decimos y sostenemos.
Consecuencia: relación entre lo que pensamos o defendemos y cómo actuamos a partir de ello.
Una persona puede mantener un principio de manera coherente, pero no necesariamente ser consecuente con él en sus acciones. Por ejemplo:
«Creo que mentir está mal».
Pero si miente cuando hacerlo le beneficia, no es consecuente con su principio.
También puede ocurrir lo inverso: ser consecuente sin haber formulado coherentemente el principio. Una persona puede actuar consecuentemente con una determinada convicción sin haberla expresado de manera especialmente clara.
A esta distinción añadiría también la integridad: la unidad coherente entre lo que pensamos, decimos y hacemos.
El dilema del cambio
Pero ¿hasta qué punto debemos ser consecuentes con nuestras ideas? ¿Si nuestras ideas cambian dejamos de ser coherentes y consecuentes? ¿Es esto malo?
Nuestras ideas pueden cambiar cuando las ponemos en contacto con la realidad o con otras perspectivas, o simplemente a medida que envejecemos. Ser consecuente podría ser virtud —«hago lo que digo»—, pero también un defecto si significa aferrarme a ideas que la experiencia ha desmentido.
En ese sentido, la verdadera coherencia quizá no consista en mantener una idea, sino en estar dispuesto a modificarla cuando las razones lo justifiquen.
El pensamiento débil como salida
Aquí cobra relevancia la filosofía del pensamiento débil de Vattimo, que nos propondría, para no caer en fanatismo ni en dogmas, revisar constantemente nuestras ideas. Por tanto, no entender la coherencia como una permanencia inamovible de mis ideas, sino como fidelidad a un criterio.
El pensamiento débil cuestiona precisamente la posibilidad de disponer de un fundamento absoluto que nos permita decir:
«Esto es definitivamente verdadero y, por tanto, debo permanecer fiel a ello».
Si aceptamos que nuestro conocimiento es histórico, situado e interpretativo, entonces la revisión deja de ser necesariamente una traición a nuestras ideas anteriores. Así, la coherencia no está en las ideas en sí, sino en el proceso de alcanzarlas.
Nota: La imagen de este artículo fue generada con IA.