A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases

A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases

A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases

Uno de los planteamientos centrales de A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases, de Jean-Philippe Kindler, es la crítica a una izquierda que ha desplazado el foco desde las condiciones materiales hacia las políticas de identidad. El autor sostiene que gran parte del discurso progresista contemporáneo se centra en la visibilidad y el reconocimiento de distintos grupos sociales, mientras que la cuestión de la clase y de la explotación económica ha pasado a un segundo plano.

La gran mayoría de los discursos de la izquierda giran en torno a cuestiones de identidad, especialmente sobre cuestiones de visibilidad para grupos marginados. (pág. 79)

Frente a este enfoque, el libro defiende recuperar un elemento común capaz de articular a la mayoría de la población: la pertenencia a la clase trabajadora, entendida como el conjunto de personas que no poseen medios de producción y dependen de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Desde esta perspectiva, la explotación laboral constituye la condición compartida que puede servir como base para una acción política transformadora.

El capitalismo también consiste en hacer que todas las identidades sean puestas al servicio del proceso de producción, de modo que todos seamos explotados exactamente de la misma manera, independientemente del género, origen y orientación sexual. (pág. 82)

El autor también advierte que el capitalismo no solo es compatible con el reconocimiento de múltiples identidades, sino que es capaz de incorporarlas a su propio funcionamiento. En otras palabras, el sistema puede integrar la diversidad de género, origen o orientación sexual sin modificar las relaciones de explotación, haciendo que personas con identidades diferentes participen del mismo proceso productivo y sean explotadas bajo una lógica común. Es decir, el punto en común no es ser mujer u hombre, ni ser de una raza u otra: lo común es que todos somos explotados por el capitalismo, todos somos clase obrera.

Una política de identidad inteligente no debe cometer el error de afirmar la universalización de ciertas condiciones terribles, sino que debe (…) forzar la erradicación de tales condiciones. (pág. 82)

Por ello, el libro no propone abandonar las políticas de identidad, sino replantearlas. Una política de identidad verdaderamente emancipadora no debería limitarse a universalizar o visibilizar experiencias de opresión, sino orientarse a eliminar las condiciones materiales que las generan y perpetúan. Solo así el reconocimiento de las diferencias puede vincularse a un proyecto político que tenga como objetivo transformar las estructuras económicas y sociales, en lugar de limitarse a gestionar sus efectos.

Para la izquierda debe volver a cobrar importancia el elemento común, porque une a la inmensa mayoría: se trata de la pertenencia a una clase que no posee nada más que su propia fuerza de trabajo, que intercambia por un salario. (pág. 13)