¿Existen los monstruos?

¿Existen los monstruos?

¿Existen los monstruos?

La monstruosidad es una forma de mirar hacia otro lado cuando se produce un hecho atroz. Decir «eso es un monstruo» justifica su existencia y nos permite seguir con nuestra vida. Sin embargo, lo cierto es que, en la mayoría de los casos, el monstruo está a nuestro lado: puede ser nuestro marido, como en el caso de Isabel Pericot, o nuestro padre, como en el caso de Josef Fritzl, el «Monstruo de Amstetten».

Así, al despojar a una persona de su humanidad y denominarla monstruo, lo único que conseguimos es que el mal se vuelva ajeno. Lo externalizamos e intentamos convencernos de que las personas normales somos incapaces de producir tales atrocidades. Pero el mal habita realmente en lo común; está entre nosotros y, precisamente, se nutre de la falta de cuestionamiento de nuestras acciones diarias. De hecho, el mal se fortalece cuando las estructuras sociales debilitan el sentido del «nosotros». La competencia extrema, las relaciones de dominación o cualquier dinámica que convierta al otro en un rival o en un objeto favorecen la ruptura de los lazos de cuidado y responsabilidad mutua.

Para Hannah Arendt, quien perpetra el mal actúa principalmente por una «incapacidad de pensar» y por falta de juicio crítico. Sin embargo, Ana Carrasco-Conde sostiene que el mal no se produce solo por no pensar, sino también por una profunda falta de sensibilidad, empatía y compasión. El malvado no es solo un ignorante; a menudo sabe lo que hace, pero decide anular su capacidad de conmoverse ante el sufrimiento ajeno. El mal es la destrucción deliberada del «nosotros»: una quiebra en la forma en que decidimos vincularnos con el prójimo.

Para Carrasco-Conde, el verdadero peligro son los seres humanos comunes que deciden actuar con crueldad. Desmantelar la figura del monstruo es el primer paso para asumir que el cuidado del «nosotros» y la prevención del daño son tareas que nos competen a todos.

Reflexiones sobre la lectura de Decir el mal, de Ana Carrasco-Conde.