Schiller y su concepto de historia
Schiller y su concepto de historia
Schiller considera la historia como un ascenso a la perfección humana, dicha perfección se alcanzará en un último estado: el estético.
Para entender en qué lugar estamos y cómo hemos llegado hasta él, Schiller analiza la historia, hace un viaje al pasado en el que se analiza la evolución de la humanidad en todos los campos (política, sociedad, religión, cultura, etc…). De esta forma llega a la conclusión de que estamos en el momento en el que impera la razón (en su época, claro). Aunque ha existido un momento anterior, primitivo, arcaico hemos superado esa fase y él, en plena ilustración, se caracteriza por el entendimiento.
Así retrocediendo no encontramos con un primer momento, como hemos dicho, que se caracteriza por la sensibilidad, alcanzamos un primer conocimiento, en el que nos acercamos más a la verdad, pero de una manera ingenua, inocente. Esta etapa sería la antigua Grecia.
De ahí pasaríamos a un segundo momento, algo más maduro, el momento de la razón o del entendimiento. En dicho estadio tendemos a separa, analizar (e incluso descuartizar en la guillotina) las distintas partes. Esto produce un alejamiento de la verdad, pero un alejamiento necesario, ya que es imprescindible pasar por esta etapa para conocer las cosas y llegar a un estado de madurez.
En la tercera etapa, la estética; volveremos a unir las partes, pero ya de forma consciente alcanzando un estadio más elevado. Estaría marcada por la realización de la libertad, pero no una libertad individualista y personal, sino la libertad de la humanidad. Esto se conseguirá en un estado estético en el que a través del arte conseguiríamos dicha unión, la sensibilidad, la naturaleza y la razón.
De esta forma se ve la historia universal de manera teleológica, como un fin en si mismo, la historia tiene un sentido, así que a diferencia de Kant se deja de ver la historia “como sí”, es decir como posibilidad; y se asume que en la historia se “es” o se “esta”.
Pero ¿Cómo llegamos esta tercera etapa de cultura superior? Para ello tenemos que analizar esas “uniones” y divisiones” de las que he hablado anteriormente.
Desde la filosofía kantiana quedo establecido que estamos constituidos por una dualidad básica: somos espontáneos (pensamos, somos libres, etc…), es decir “noúmenos” y a la vez somos “fenómenos” (sujetos empíricos).
Schiller aplica esta dualidad a los conceptos de materia y forma. La materia sería el hombre como fenómeno, cambiante en el tiempo y que nos diferencia como individuos; mientras que la forma es eterna y permanente: inteligencia pura; y como tal es común a todos los individuos, lo que nos afirma como comunidad.
Así que somos parte de dos impulsos: el impulso de la materia que es sensible, nos exige tiempo, límites, etc… y por otro lado somos impulso hacia la forma, que sería la razón, ya que el hombre aspira a ser libre, superar el tiempo en el tiempo, romper dichos límites para ser eterno, es decir razón absoluta.
Ninguno de estos impulsos se funda en el otro, ni dependen entre si, tienen que aprender a convivir. Son dos fuerzas que se contraponen, pero que deben aprender a unir sus fuerzas. Si alguna se impusiera sobre la otra no superaríamos jamás los estadios de la historia antes mencionados. Si fuéramos solo materia, seríamos animales, nada nos diferenciaría de ellos. Si fuéramos solo formo, sería razón absoluta, es decir Dios. Así ambos deben afirmase por igual. Hay una doble tarea dar forma a la materia y dar materia a la forma. La forma por si sola, vacía de materia, por así decirlo, se quedaría sin continente donde sustentarse, perdería toda identidad (y sin embargo sabes quienes somos y que debemos hacer), así le daría materialidad, lo situaría en el tiempo… le dará existencia y la forma le dará identidad.
El impulso sensible y de forma están potencialmente el uno en el otro, mediante el juego. El juego pasa a ser un tercer impulso que concilia el devenir con el ser permanente, el cambio con la identidad, receptividad con la productividad, en definitiva la materia con la forma. Así conseguimos un equilibrio en el que ninguno se impone, en el que ninguno es generador del otro, sino que mantiene una pulsión entre ambos.
Es dicho juego es donde se produce la vida estética, que es el mayor de todos los regalos para el hombre, ya que le devuelve su humanidad perdida. La dualidad básica propia de lo ético ha de ser reemplazada pro la síntesis artística. La finitud en la que se sitúa todo deber es salvada por la infinitud estética.
El animal trabaja cuando tiene una necesidad, y esa carencia le obliga a una actividad (cazar para comer, por ejemplo). Sin embargo juega cuando la abundancia de fuerzas es lo que le mueve. Cuando la propia vida la estimula a dicha actividad, une por tanto necesidad y libertad. La belleza es la unión lograda de una materia y forma: la belleza es la única expresión posible de la libertad en el fenómeno.